Vaya. El libro de recetas de la abuela difunta. Lo único que le había dejado de herencia. Ni la casa en la playa, ni el Porsche rojo.
Un libro de recetas. Es que todavía le costaba creer que su abuela hubiera sido tan tacaña como para no haberle dejado algo más generoso; así que lo primero que hizo cuando llegó a su casa fue "guardar" el libro debajo de su cama, porque en realidad lo estaba abandonando a su suerte. No tenía ganas de recordar los postres que la madre de su madre solía hacerle después de la cena, no porque no le gustasen, sino porque sabía que ya nadie las volvería a hacer igual. Porque aunque dijera que ella había sido una mujer un poco fría e insensible, en el fondo la quería, y cualquier recuerdo de ella sólo hacía que el sentimiento de tristeza aumentara.
Pasaron 5 años cuando Leo encontró el libro de recetas; estaba lleno de polvo y fue difícil sacarlo de su escondite, ya que entre toda la porquería que el solía dejar, como una mala costumbre, debajo de la cama, se había quedado atascado. Cuando comenzó a ojearlo, justo la madrugada en la que pensaba irse de casa - sólo dejando una nota como testigo de su huida - sintió la letra de su abuela perfectamente cuidada calar hondo en él, devolviéndole un trozo de su niñez casi olvidada. Como si hubiera sido un aviso de algún ser omnipotente invisible a sus ojos.
Con decisión bajó a la cocina, sacó las sartenes, y todos los instrumentos culinarios necesarios, abrió el libro por cualquier página, y con su dedo eligió al azar lo que iba a cocinar: canapés de mantequilla de anchoas, y para hacerlo más abundante eligió cocinar también unos canapés de paté de berberechos.
No eran exquisiteces para los paladares novatos, él lo sabía, pero gracias a estos platos se ganaría el respeto de los críticos más influyentes, convirtiéndose en uno de los más cotizados chefs. Y cada vez que prepara esta receta, piensa "Gracias, abuela. Es verdad que lo sabes todo".
Los Duendes Coloraos, Carnaval de Cádiz 2012
Hace 1 día
