no te excuses, no es necesario dar explicaciones.
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Corre.

Era un día cálido, más caluroso de lo que recordaba en años.
Caminaba entre las estériles carreteras, donde todo estaba desolado y su sentido de orientación no le ayudaba mucho. Comenzaba a anochecer y el maldito calor aún no acababa, ¿Cuándo me dará tregua?, pensaba, con las gotas de sudor recorriéndole el cuerpo.
Y cayó al suelo. Su cabeza retumbó como eco en todo su cuerpo, y él lo sentía cosquillear ante el impacto inesperado.
Sus ojos se cerraban lentamente con la visión del sol abrasador quemando su esperanza, pero ya no importaba, todo daba igual.
Duérmete, le decía una voz en su interior, actúando como un somnífero. Y así lo hizo, mientras repasaba en su memoria los útlimos momentos que había vivido, luchando con su mente que, terca, insistía en borrarlos para no perturbarle y dejarle descansar en paz.
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Cuando sintió un frío descomunal acariciarle el cuerpo, supo que estaba vivo.
No podía moverse, pero al menos escuchaba sus palpitaciones en su cerebro como si tuviera el corazón en la garganta, eso era algo, al menos. Se levantó despacio hasta quedar sentado sobre una superficie aparentemente suave, recuperando los sentidos, pero sin abrir los ojos.
Empezó a palpar las cosas con sus manos: suave, arrugado...¿Una Sábana?, metal, frío ¿Una barra de hierro?. Comenzó a notar lo que estaba pasando aquí y se empezó a desesperar; se tocó los brazos, y encontró aquello que le causaba esa molestia que sentía: una sonda que conectaba a un suero.
Abrió los ojos con brusquedad y su instinto le dijo que tenía que salir de ahí; sin pensarlo se quitó todos los cables que adornaban su cuerpo, se vistió con sus ropas, y en ese momento empezó a sentir pasos apresurados que se acercaban a donde se encontraba él. Impulsivamente, abrió la ventana de par en par y saltó sin siquiera medir la distancia que había entre esta última y el suelo.
Mientras caía, el vértigo le hizo sonreír, y cuando cayó al suelo, sus pies actuaron por él corriendo a la máxima velocidad posible: era un fugitivo. No podían atraparlo.
Si se hubiera quedado más tiempo ahí, podrían saber quién era, lo qué había hecho; rogaba al cielo (o al infierno) de que no lo hubieran descubierto aún, o su vida, o lo que sea que se llamase, estaba en el riesgo de irse al mismísimo demonio.

Sus pies se detuvieron en el centro de la ciudad, a un lugar en el cual no corría peligro, ya que en esas calles había crecido, en ellas aprendió a defenderse de todos, incluso de él mismo; había vuelto a sus raíces, al pasado del que quería escapar y del cual le estaban buscando frenéticamente ahora.
Mientras caminaba era como si viera a las personas por primera vez: tan oscuras y llenas de secretos que hasta parecía que algunos llevaban escritos en la frente "Me acuesto con mi secretaria" o "Soy un fugitivo, como tú".
Mientras caminaba empezó a recordar a personas, gente que le había ayudado, otros que le habían apuntado con la muerte en la cabeza y unos pocos que, aún sin conocerlo o verlo una que otra vez, le habían sido fieles ante todas situaciones, este último tipo de gente era la que él valoraba de verdad, porque el haberlos guardado tan intensamente en su memoria significaba agradecimiento.
Tal y como cuando cayó de la ventana, sonrió.
Pero sus pasos sonaban solos, alejados del barullo de la gente, así que empezó a caminar más rápido, hasta llegar a correr como si la vida le fuera en ello, y es que comprendió que se estaba la estaba jugando cuando escuchó el ¡Alto, ahí! a través de un megáfono.
Mierda, pensó. Y levantó las manos.