No podía vivir dignamente, largas botellas le impedían los trabajos, y por consiguiente, las comidas.
Era un olor extraño en el ambiente, mezcla de pasado y ausencia de futuro; olor espeso a fatiga y llanto, a la desesperación de no poder dejarlo.
Fue bella, mas ojeras y dependencia adornan su rostro, como un decordado de mal gusto. Su boca, en mueca de constante sorna, se rió en sus años mozos con algún motivo verdadero y fue portavoz de la revolución; difícil es de creer al no abrirse para pronunciar sílaba alguna, aumentando con su silencio la sensación de que se ríen de ti.
Se podía apreciar como el cigarro era casi parte de su mano, un sexto dedo que humeaba y se aspiraba en caladas desesperadas y continuas. Hasta que ese dedo moría y uno nuevo renacía.
La ironía que aparentaba en su boca no le llegaba a los ojos; estos teñidos de melancolía y sufrimiento no podían inspirar otra cosa más que dolor para aquel que los mirase, olvidandose así de aquella superioridad que trataba de simular o de esas ropas que usaba para ganarse el sueldo deshonroso que le alcanzaba para pagar la renta del mes, el agua, barras de pan, mantequilla, té y papel higiénico. Y a veces mermelada.
No sabía si se podría acostumbrar algún día al ritmo de vida que te impone la calle, pero aún con dudas o no, con botella y cigarro en mano se va, y se envuelve en las sombras siendo una cara más de la pesadumbre de la realidad transversal que trae un camino no deseado.
Los Duendes Coloraos, Carnaval de Cádiz 2012
Hace 1 día
