no te excuses, no es necesario dar explicaciones.
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Ella es sombra.

No podía vivir dignamente, largas botellas le impedían los trabajos, y por consiguiente, las comidas.
Era un olor extraño en el ambiente, mezcla de pasado y ausencia de futuro; olor espeso a fatiga y llanto, a la desesperación de no poder dejarlo.
Fue bella, mas ojeras y dependencia adornan su rostro, como un decordado de mal gusto. Su boca, en mueca de constante sorna, se rió en sus años mozos con algún motivo verdadero y fue portavoz de la revolución; difícil es de creer al no abrirse para pronunciar sílaba alguna, aumentando con su silencio la sensación de que se ríen de ti.
Se podía apreciar como el cigarro era casi parte de su mano, un sexto dedo que humeaba y se aspiraba en caladas desesperadas y continuas. Hasta que ese dedo moría y uno nuevo renacía.
La ironía que aparentaba en su boca no le llegaba a los ojos; estos teñidos de melancolía y sufrimiento no podían inspirar otra cosa más que dolor para aquel que los mirase, olvidandose así de aquella superioridad que trataba de simular o de esas ropas que usaba para ganarse el sueldo deshonroso que le alcanzaba para pagar la renta del mes, el agua, barras de pan, mantequilla, té y papel higiénico. Y a veces mermelada.
No sabía si se podría acostumbrar algún día al ritmo de vida que te impone la calle, pero aún con dudas o no, con botella y cigarro en mano se va, y se envuelve en las sombras siendo una cara más de la pesadumbre de la realidad transversal que trae un camino no deseado.

hoy no.

No quiero saber de nada, ni de nadie, ni siquiera de mí misma.
Si pudiera afrontarlo, lo haría, pero frente a esos seres inanimados, sin forma y carentes de una razón para existir, yo no puedo plantar cara.
¿Para qué buscar detalles o por qués? ¿Cuál es la razón que te impulsa a hablar sin que te hayan preguntado nada? Dímela, por favor, que perdida estoy sin tus orientaciones.

Y es que lo que sucede, te contaré, es que perdí el sendero,caminé hasta que caí por una amargura, me disloqué las fuerzas, y cuando me pude haber levantado, se me ocurre probar una decepción de un momento plantado a raíz en el suelo. Así que retomé el camino, media coja, y llegué aquí un poco maltrecha, pero bueno al menos te lo puedo contar, porque no he perdido la expresión, ya no me duele la garganta.
No me entiendo, la verdad, así que creo que tu tampoco podrás, ni nadie. Qué pena, necesitaba a algún ser al que contarle mis preocupaciones.
No me entiendo, y no pretendo hacerlo, no es mi problema que mi cabeza no se corresponda con mi cuerpo, que ellos ajusten cuentas por sí mismos.